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Familia

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Les decía que cuando escucho ideas relativas al “oscurantismo” que se viven en el hogar familiar, a su trágica naturaleza, o incluso su comparación con los campos de concentración del 3er Reich, desconecto de aquella disertación. Simplemente no logro entender de qué me están hablando. Muy por el contrario, mi experiencia como hijo, esposo y ahora padre de familia, me han llevado a hacer mía aquella frase tan feliz del autor inglés G K. Chesterton: el hogar es misteriosos… es más grande por dentro que por fuera. En efecto, la interioridad es mucho más amplia que la exterioridad, al menos en el mundo de los seres humanos, y por ello hemos de aceptar que lo que se cuaja en el hogar familiar es algo más que la vida interior individual de sus integrantes. En verdad, lo que se allí sucede apunta principalmente a la consolidación de la interioridad de una familia que comparte algo más que la sangre o la etnia, el espacio o el tiempo: compartimos nuestra identidad. En ese sentido, y siguiendo nuevamente a mi maestro Rafael, la identidad familiar (doméstica) se construye a partir de tres funciones básicas: economía, educación, intimidad.

1) Economía: es el aspecto material de la vida doméstica, su actualización en el tiempo y el espacio. La ley del hogar, dicho en términos contemporáneos, apunta a que la familia nunca te abandona; que padres e hijos han de hacer toda clase de “balances”, materiales e inmateriales, para que cada miembro de la familia reciba lo suficiente cara a su desarrollo y su bienestar. Cada miembro que es “invitado” a la vida de una familia reclama un “espacio” de recursos materiales, emocionales y espirituales. Ahora que nos encontramos en tiempos de pandemia, cuando los recursos materiales externos comienzan a escasear, hemos de repensar nuestro espíritu económico doméstico. Hay hijos que necesitarán más y otros menos: desde los abrazos hasta la escucha; desde el cobijo hasta el alimento. Para ello, hemos de desarrollar nuevos modos de diálogo. Yo lo he visto con mis alumnos cuando me dicen: “ahora que estamos en casa, me he dado cuenta que mis padres son buenas gentes”. Es el momento para darnos cuenta que tenemos padres y que tenemos hijos y que podemos dialogar con ellos. Esto implica, como es lógico, que el diálogo entre padres e hijos también educa.

2) Educación: es el espíritu que se transmite ad intra en el ámbito doméstico. Por primera vez los padres y los hijos nos daremos cuenta que podemos dialogar con fines constructivos. Que podemos hacer un sinfín de actividades “frente” a los nuestros. Educar es transmitir un espíritu, por eso en educación no es fácil llegar a unos objetivos preestablecidos. Por ello, todo tiende a salir “mal” en educación, pues no es fácil decir con palabras lo que sentimos, pues eso es eterno. Sin embargo, lo tenemos que seguir intentando. ¿Cuál es el principal espíritu que todo educador ha de imprimir en el alma de sus educandos? Uno muy simple pero radical: es bueno que estés aquí. En ese diálogo doméstico, lo primero que hemos de repensar es que la presencia de nuestros hijos en el hogar es algo bueno. ¡Es una maravilla tenerlos a nuestro lado! Desde este ángulo, se podrá vencer cualquier vicio o propiciar cualquier mejora, pero sobre todo transmitir la alegría de vivir. Pero una cosa es decir esto en términos generales, y otra muy distinta es que nuestros padres nos digan: es bueno que estés aquí. En este último año, yo me he levantado todas las mañanas sintiendo que es Navidad, pero en lugar de buscar los regalos en el Belén o el Pinito Navideño, me encuentro con que mis hijos y a mi esposa están en casa, y no me los pueden “quitar”. Gracias a la tecnología, yo estoy viendo a mis hijos en acción y ellos me están viendo a mí. Están entendiendo por qué sus padres trabajan hombro con hombro por el bien de la familia, y por ende de la humanidad enterar (aunque muchos no lo entiendas así). Ahora ellos sabrán con más claridad quién es su padre y quién es su madre. Quizás, como resultante, nos tendrán más cariño, más aprecio… más confianza, lo propio de toda intimidad.

3) Intimidad: es desde donde se construye la confianza. Por eso la intimidad sexual es tan relevante de la vida doméstica. Me refiero a ese momento en el que hombre y mujer se entregan totalmente, incluyendo su fertilidad, desde donde es posible la procreación de la vida humana. Si la educación presupone la máxima “es bueno que estés aquí”, la intimidad promueve la idea: “es bueno que vuelvas”. Es bueno que estés aquí, pero es mejor que libremente quieras volver. Existimos frente a los demás. Salir de uno mismo y quedarse “dentro” de los demás en un espacio de confianza implica llevar la intimidad a su máximo nivel. Esta es una asignatura pendiente en el mundo desarrollado, en el que los hijos vuelven a casa de sus padres con muy poca frecuencia, y si vuelven por algún motivo festivo, no están del todo presentes. Hay que ir a lugares, y hacer el bien a todos, pero hasta que no estamos “dentro” de “donde” somos aceptados absolutamente, con los nuestros, no estamos completos, no estamos a salvo, no estamos del todo bien. ¿Qué se quiere decir con esto? Pues que el hogar tiene un fuerte enraizamiento femenino, análogo a la realidad de la maternidad. Todos tuvimos un primer hogar: nuestra madre. El hogar, en ese sentido, es una extensión del vientre materno. Por eso, la mujer hace hogar a donde quiera que va. Esta idea, buena y santa, ha sido captada por el mercado laboral y el mundo corporativo. El reto será, en ese sentido, lograr la igualdad y la conciliación tan promovida en nuestros días sabiendo que la madre puede hacer hogar donde quiera, pero recordando que ella misma tiene su propio hogar. Aquí los varones nos hemos de sumar a este nuevo proyecto de vida, rindiendo honores a aquella trilogía revolucionara, Libertad, Igualdad y Fraternidad, eso sí, ejerciendo un auténtico protagonismo en la vida doméstica, no simplemente ayudando. Pero recordemos, el hogar es la “casa encendida”, y el “fuego del hogar” es la madre, con la presencia del padre que ha de aprender a “alimentar” ese fuego.

¿Cómo saber que el espíritu doméstico ha logrado calar en la vida de nuestros hijos? Cuando ellos deciden libremente hacer su propio hogar. Por eso: el varón dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer y juntos se convertirán en una sola carne. Yo a esto le agrego: juntos formarán un solo hogar, en el que la vida humana, la de esos hijos y la de esos cónyuges en concreto, esté por encima de todo. ¿Qué pasa en el mundo actual? El hogar familiar no logra transmitir este espíritu. Quizás, por eso se tienen que ingeniar toda clase de arreglos sociales y culturales para hacer más llevadera tanto sufrimiento, tanto abandono, tanta soledad… a fin de ir rescatando lo poco que va quedando de esta raquítica vida familiar. Pero, ¿es todo lo que se puede hacer?

Las consecuencias de la pandemia son una realidad que por ahora no será fácil cambiar. Pero es evidente que por primera vez en la historia contemporánea hemos sido “forzados” a volver al hogar. ¡Aprovechémoslo! Es el momento de recuperar el tiempo perdido frente a nuestro cónyuge, frente a nuestros hijos, incluso frente a nuestros abuelos, hermanos o primos. Es el momento de revalorar nuestras funciones educativas frente a nuestros hijos; nos hemos de dar cuenta que juntos también podemos estar muy bien. Sólo así podremos recuperar la confianza que tanto necesita el mundo actual. En definitiva, hemos de redescubrir la razón de ser de nuestra propia familia, de nuestro propio hogar y de nuestra propia vida. Hubo una época que esta última idea había que recordársela constantemente al padre trabajador, ausente y absorto con su éxito profesional. Ahora, las luces y los afames de grandeza que trajo consigo el ingreso masivo de la mujer al mercado laboral han hecho que este recordatorio se haga extensivo a la madre trabajadora. Me parece que ahora son ellas las que también han de recordar que la madre es hogar… principalmente en su hogar.

 

Rafael Hurtado, PhD.

Departamento de Humanidades

Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

Mi maestro Rafael Alvira ha reflexionado en sus múltiples escritos sobre aquella idea filosófica que dice: si hay una exterioridad, también hay una interioridad. El ser humano, en efecto, cuenta con su dimensión externa, visible y física, que se presenta frente a los demás desde una cierta racionalidad cultural. Pero, también hemos de aceptar que “somos” frente a los demás desde nuestra dimensión interna, psicológica y espiritual, de la cual somos exclusivamente partícipes, sin dejar de ser un misterio para nosotros mismos y para el resto de la humanidad.

La realidad contemporánea que nos circunda, que va mucho más allá de la crisis pandémica, el nuevo orden mundial, o el escándalo transhumanista, nos recuerda que el aspecto exterior de la vida humana es de gran amplitud y relevancia. Pero, a la par, también hemos de aceptar que nuestra vida interior no es un tema menor, que se puede delegar o cancelar. En la actualidad, estamos enfrentando los grandes retos que trajeron consigo las grandes ideologías del siglo XIX y XX, a saber, el Marxismo, el Nacionalismo y, no menor, el Feminismo. Éste último nos remonta a los años 70, cuando comenzó a dialogarse sobre la relación entre nuestra vida más interior –doméstico-familiar–  y la vida más externa –social-profesional.

En aquel entonces, el emergente mercado laboral esperaba ansioso ser construido desde una correcta articulación entre lo propiamente masculino y lo propiamente femenino. Dicha articulación representó un gran reto en lo referente al mundo corporativo, como los señalan constantemente los gurús de la conciliación familia y empresa. Sin embargo, la vida doméstica no evolucionó con la misa rapidez e intensidad. Me parece que aún estamos esperando generar los criterios suficientes para poder estudiar a fondo el hogar familiar, a fin de entender con claridad lo que allí se está “gestando”. No son pocas las instituciones, think tanks, o revistas académicas donde se está hablando en estos términos, como por ejemplos el Home Renaissance Foundation en Londres.

Sin embargo, por ahora el hogar familiar no goza de buena fama. En la cultura occidental, con sus diversas ramificaciones, éste es entendido como un espacio necesario para la subsistencia de las familias, pero hasta cierto punto sospechoso. Quizás esto se debe a que hoy en día padre y madre han asumido una doble función más o menos equitativa: los dos son profesionistas y los dos han de ser muy domésticos. Esta situación es hasta cierto punto necesaria, dado que la maquinaria empresarial y social esperan con ansiedad acaparar lo mejor del talento masculino y femenino para seguir funcionando. Esto es entendible, pero el problema viene después.

Ahora varón y mujer vuelven a casa después de largas jornadas en un mundo cada vez más igualitario en favor del desarrollo, pero quizás con una dificultad radical, a saber, entender los dos pilares de la vida doméstica: la diferencia entre hombre y mujer y la diferencia entre adultos e infantes. Como es lógico, esta problemática pone sobre la vida doméstica un estrés sin precedentes. Me parece pasarán muchos años para que las familias contemporáneas salgan de este atolladero, pues el hogar familiar es visto hoy en día como una estructura “pequeña” que ha de servir exclusivamente para que sus miembros florezcan social y profesionalmente en el gran orbe del mundo mundial. Pero, yo pregunto ¿es verdad? ¿Lo propiamente doméstico, es decir, todas las actividades que integran la vida familiar constituyen los cimientos de una especie de campo de concentración confortable (en palabras de la feminista Betty Friedan), generador de parásitos sociales, carentes de una identidad propia, siendo la mujer su principal víctima? ¿Es el hogar un espacio siniestro con el que hay que acabar?

Me parece que, siendo estás aserciones populares hoy en día, nadie se atreve a afirmar que el hogar familiar ha de desaparecer por completo, al menos de su dimensión material, pues todos necesitamos un lugar donde habitar que dé razón al consumo. Sin embargo, hay quienes siguen luchando porque la vida doméstica no sea un impedimento para que sus integrantes puedan ir a las periferias y construir “un mundo mejor”. Del hogar familiar, en definitiva, hay que cuidarse: no sea que nos sintamos muy cómodos y queramos permanecer en él y olvidarnos de mundo entero. Así se piensa ahora.

Cuando escucho ideas así, he de aceptar que desconecto completamente de la conversación, pues ahora que soy esposo y padre de familia de cuatro hijos, he dejado de entender a qué se refieren con esa noción feminista sobre el hogar… repito: campo de concentración ¿Por qué el hogar es un espacio del que tenemos que huir o temer? En tiempos de pandemia, que muchos piensan que algún día volveremos a la vida que teníamos antes, será importante reflexionar sesudamente lo que es la vida doméstica.

 

 

Rafael Hurtado, PhD.

Departamento de Humanidades

Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

Educando a los hijos en un entorno relativista

Hace unos días, mi esposa y yo salimos a caminar juntos al parque, durante el trayecto mientras conversábamos surgió el tema de la educación de nuestros hijos; mi esposa me cuestionó sobre cuales consideraba los aspectos mas importantes dentro de su formación, poniendo especialmente énfasis las características que se destacan en nuestra sociedad actual.

Su inquietud me tomó por sorpresa y me estremeció por unos segundos, lo cual me llevó a formularme dos preguntas:

  • ¿Cuáles son las principales heridas que padece el hombre del pos-modernismo?
  • Ante la realidad actual, ¿qué virtudes son las que debemos desarrollar y fortalecer en nuestros hijos?

 Una vez que pude digerir las dos preguntas que tenía que responder a la inquietud de mi esposa, me concentré en la primera de ellas. Afortunadamente no hace mucho tiempo, pude leer un libro que describe con mucho acierto a la sociedad actual y los retos que ella enfrenta, el título es: “Modernidad líquida” de Zygmunt Bauman. (Quienes tengan oportunidad de leerlo, se los recomiendo.)

Sin intentar hacerle a mi esposa una reseña del libro, le expuse una conclusión personal a manera de síntesis, sobre lo que la mayoría de los miembros que conforman nuestra sociedad, en especial los más jóvenes, están experimentando en sus personas.

  • Hay dos heridas muy graves que tiene el hombre pos-moderno; la voluntad y su capacidad para distinguir la verdad.

Primero le compartí una definición sobre lo que es la voluntad:

“La voluntad es la capacidad que tiene el hombre para “moverse” y alcanzar “el bien” que desea.

La voluntad busca siempre un bien que ha sido pensado y presentado a ella anteriormente por la inteligencia. La voluntad se mueve para alcanzar la felicidad que la inteligencia piensa que le dará tener el bien deseado.”

En el caso del hombre pos-moderno; la herida en su voluntad se manifiesta en la ausencia de resiliencia, este hombre se ha acostumbrado a satisfacer sus deseos de forma rápida, casi inmediata; no está acostumbrado postergar esos deseos, con la finalidad de alcanzar un bien mayor; le cuesta mucho fijar metas a largo plazo, donde la satisfacción se podrá experimentar hasta que se haya logrado la meta.

Por tanto, en buena medida, el hombre contemporáneo en muchos casos se ha convertido en esclavo de sus pasiones.

Posteriormente le compartí una definición de inteligencia:

“La inteligencia es la capacidad que tiene el hombre para pensar, para buscar y hallar la verdad a través de la mente y la razón. Gracias a esta capacidad, el hombre puede entender y aprender, imaginar y memorizar, puede hacer grandes descubrimientos e inventar cosas maravillosas, puede mejorar el mundo, pero lo más importante es que, gracias a su inteligencia, el hombre puede llegar a conocer la verdad.

Conocer la verdad significa que aquello que pensamos coincide con lo que realmente es o sucede.

La inteligencia nos hace capaces de conocer la verdad, pero sólo la descubriremos  si empleamos tiempo y nuestra inteligencia en ello: pensando estudiando, preguntando.

El hombre pos-moderno, ha roto sus vínculos con su historia y sus raíces, centrando toda su atención en si mismo, lo que lo ha llevado a vivir un profundo individualismo.

Por otro lado, al haber roto con su historia y raíces, ya no confía en las instituciones y de lo que ellas emanan, por tanto, para él ya no existen valores y principios solidos; sino que todo es relativo, más bien líquido.

Este relativismo ha deformado su percepción de la realidad, lo cual le impide distinguir con claridad que es verdad y que no lo es; generando en estas personas una profunda inseguridad y angustia.

Después de haberle compartido a mi esposa estas definiciones sobre voluntad e inteligencia, y de explicarle como se manifiestan las heridas en el hombre pos-moderno, nos adentramos a explorar como educar a nuestros hijos dentro de esta realidad.

  • Juntos llegamos a la conclusión que debemos educarlos y estimularlos a ejercitar su voluntad e inteligencia.

La virtud tiene que conquistarse cada día, no es algo que alcanzamos y después podemos almacenar; para conservarla la tenemos que ejercitar de forma permanente.

Continuamos conversando y juntos concluimos que lo mejor que podemos hacer para formar a nuestros hijos es educarlos a amar la verdad y a perseverar en vivir en ella ejercitando la voluntad.

¿Y como llevar esta buena intención a la práctica?

En el caso de la voluntad, nos propusimos como padres enseñarles a que se fijen pequeñas metas, darle prioridad al trabajo, terminar todo lo que inicien, aplicar en lo que hagan su mejor esfuerzo y dejar siempre hasta el final la recompensa.

Algunos medios auxiliares para formar la voluntad son:

  • Orden y disciplina: en las cosas, personales, en la escuela, en el trabajo, puntualidad…
  • Distinción y educación: vestido, formas, respeto…
  • Responsabilidad: en el desempeño de los compromisos asumidos.
  • Constancias y perseverancia.

Y para ejercitar la inteligencia, nos comprometimos a facilitarles que se descubran llamados a encontrar y amar la verdad; y para ello tienen que destinar un momento diario a cuestionarse sobre preguntas trascendentales y a buscar esas respuestas a través de la lectura e investigación.

Como padres, seremos facilitadores proponiendo una lista de títulos y autores que les permitan formarse y cultivar esa inteligencia.

“La libertad tiene un carácter dinámico y juega un papel importante en la realización de la persona. No es solo la capacidad de elegir algo ahora, sino la realización y construcción de la propia identidad personal. Por eso la libertad está en relación a tres aspectos de la persona humana: la responsabilidad, la vocación y la misión que cada uno tiene en la vida…”

pero este tema lo abordaremos en el próximo post…

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