De todas las relaciones que hacen posible la vida humana, las más atacada por los enemigos de la sociedad es sin lugar a dudas la institución familiar, pues es el pilar cultural que sostiene a todas las demás.

Consecuentemente, su defensa en cuanto institución sagrada debe ser considerada la última gran batalla de nuestra era. Sólo así la humanidad contemporánea podrá aspirar a tener un poco de paz y felicidad en la tierra.

Ante esta enunciación, es posible que el hogar familiar está por ser redescubierto en su status de taller de modelación humana y spiritual de donde proviene todo desarrollo social y cívico.

Por siglos, el hogar ha sido el espacio vital donde varón y mujer han aprendido el significado de sus respectivos modos de ser; es el fuego alimentado por el trabajo, la contemplación y el descaso al que nuestros seres queridos se acercan para calentarse.

Es el lugar en donde se acepta y construye la intimidad, lo más radicalmente propio, que hace posible la enseñanza genuina y el aprendizaje libre y desinteresado, donde los padres de familia pueden aprender a construir su amor, a entusiasmarse por hacer feliz al cónyuge, a transmitir con su trabajo y entrega el drama de su propia existencia.

Posteriormente, los hijos podrán hacer suyo este espíritu a fin retarlo, hacerlo crecer y optar libremente por imitarlo. No me parece que haya otro modo de transmitir la cultura, el cultivo de lo humano, la humanización de los hijos de Dios, pues es aquí donde el ser humano aprende a recibir y por consiguiente a dar y a darse.

Veremos en las siguientes 5 reflexiones un posible camino nos llevará a comprender por qué el futuro de la humanidad pasará por una comprensión más profunda de la vida familiar y doméstica, con vistas a alcanzar lograr todas las aspiraciones que nos plantea el nuevo mundo al que nos hemos irremediablemente enfrentar.

Rafael Hurtado, PhD.
Departamento de Humanidades
Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

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