Ahora bien, una sociedad formada por hogares sólidos permite la diversificación de habilidades que tienden a la especialización, en un contexto de competencia e intercambios justo de bienes y servicios. Este tipo de operatividad es más eficaz cuando abundan relaciones de orden “afectivo” y “espiritual,” ya sea desde la fe religiosa, la propia etnia, o bien desde un sentido histórico unificador en interacción armoniosa con los distintos colectivos de intereses compartidos. En una auténtica communio personarum –diría San Juan Pablo II–, el individuo está llamado a interiorizar su comportamiento, que en ocasiones puede tender a satisfacer sus propias ambiciones individuales, reconociendo el riesgo que puede representar para todos el crecimiento abrupto y sin medida de diversas índoles.

El orden cívico que de aquí emana permite exaltar una clara conciencia social, amansando cualquier disparidad cultural irracional (ciertamente inevitable). En ese sentido, la familia sirve de “escudo” frente a las patologías sociales, sobre todo el abuso, que pueden surgir incluso desde los mismos hogares, permitiendo desde la intervención moderada de terceros, sin atentar directamente con el orden familiar establecido en cada hogar. Así, la misma comunidad será acreedora a impartir los deberes y obligaciones constitutivas que conllevan la membrecía a dicha comunidad, principalmente entre los más jóvenes, así como los modelos de comportamiento que han de ir más allá del propio hogar.

La “acción humana” o política –como diría Hanna Arent– sería guiada principalmente por las buenas costumbres (mos-moris, la moral) fortalecidas desde la leyes, las cuales apuntarían principalmente a la regulación de los extranjeros o aspirantes a formar parte de la comunidad. Ante cualquier comportamiento que atente contra el orden establecido, medidas informales no-agresivas de prevención representarían la norma social con vías a restablecer el orden imperante en la comunidad.

El liderazgo social emerge de modo espontáneo en este contexto, de tal modo que los protagonismos de las personas que viven con esta cercanía son fácilmente reconocibles por su valía, sus fortalezas, así como sus debilidades y áreas de mejora, siempre aceptando la guía y la sabiduría de aquellos que ejercen el gobierno virtuoso de sus propias vidas y de sus hogares. Se otorga una especial deferencia a aquellos miembros de la comunidad por su avanzada edad, por su memoria colectiva que les hace testigos de la historia en la que se encuentran testimonios tanto de los errores cometidos como de los aciertos. El liderazgo “natural”, en ese sentido, ha de quedar formalizado a partir de consejos conformado por los mayores y los patronos de la comunidad, o bien por medio de organismos democráticos.

En cualquier caso, los líderes han de aceptar la gran responsabilidad que representa el proteger la comunidad y sus distintos vecindarios de amenazas internas o externas que pongan en entredicho los lazos fraternos que allí concurren. “Milicias” compuestas por aquellos que estudian el “arte de la guerra” serán las encargadas de defender a las familias de toda agresión o de claros atentados contra la seguridad pública. Quizás el más grande reto sería el defender a la comunidad de las ideologías y las tecnologías (mal entendidas) que atenten contra la esencia y la salud mental de la vida comunitaria, siendo los mismos líderes arriba mencionados los encargados de someter éstas a juicio y, en dado caso, prohibirlas o restringirlas.

De igual modo, el comercio ha de florecer de modo natural entre la diversidad de hogares a través de los mercados. Solo así las distintas comunidades ajustarían sus afanes de competitividad tomando en cuenta el sentimiento de pertenencia a una misma humanidad, asegundando la estabilidad de la economía doméstica por medio de criterios de intercambio comercial justo. La comunidad en general se ha de esforzar por evitar una fría “industrialización” de la economía humana y de la vida social. El trabajo de los miembros de la familia –incluso los niños en algunos casos– se efectuaría dentro de los límites de la “empresa familiar,” permitiendo su crecimiento sin sacrificar por ello su propia armonía.

En caso de ser necesario el empleo de algún miembro de la familia fuera de este contexto, un cierto control de los acuerdos estipulados entre las contrapartes sería necesario, de tal modo el salario acordado no sufra menoscabo ante la ya conocida ley de la “oferta y demanda” laboral, con la expectativa de recibir el ya mencionado salario familiar justo.

La vida social correspondiente a este modelo centrado en la familia desarrolla fuertes lasos de apego con el entorno cercano en el que sus integrantes han crecido, así como un fuerte sentido de responsabilidad con la flora y la fauna de su lugar de nacimiento. Se promoverían las buenas costumbres ancestrales de dar un paseo por el parque, ir de caza o de pesca con fines de consumo, promover el cultivo de árboles y de la vegetación en general como actividades propiamente recreativas, asegurando la solidez y el apego a la dotación natural y biológica que nos ha sido encomendada y que es causa de nuestra propia vida.

Un entorno armónico de estas características es esencial para el sano crecimiento de la persona humana, y ciertamente definitoria para asegurar los lasos fraternos entre las familias y su propia comunidad. El saberse habituar al propio entorno cercano es la resultante de “haber crecido” allí, ya sea en medio de los lagos de Michigan, los Alpes suizos, o la Patagonia argentina. Las personas que crecen sin este sentido de pertenencia desarrollan una personalidad incompleta, convirtiéndose en “nómadas” perpetuos, entregados a la diversidad de constructos ideológicos diseñados para llenar el vacío existencial que sufren en sus corazones.

Rafael Hurtado, PhD.
Departamento de Humanidades
Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

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