La simbiosis creativa entre la realidad familia y el hogar es de orden metafísico. Es decir, se puede distinguir intelectualmente, pero realmente inseparable. Dada en unidad natural, representa el humus que ha de dar consistencia a toda cohesión social, sobre la cual la noción política del orden público encuentra su base natural. El hogar familiar integra de modo habitual al hombre y a la mujer conyugados, a los hijos, los ancianos y los familiares que viven la soltería. Su éxito da paso a la libertad bien entendida, apuntando a la autonomía e interdependencia frente a todo tipo de adversidad. En su conjunto, el hogar hace posible enfrentar toda clase de coacciones culturales, presiones económicas y sociales, así como crecientes turbulencias políticas. Su fuerza creadora le permiten ser el artífice de la renovación social una vez que los problemas del mundo se extinguen o cambian de forma.

Un hogar íntegro, robusto, posee principalmente el poder de acoger, de restaurar, dar vestido y alimento a sus miembros, ante la creciente desatención del estado o de la indiferencia del mundo corporativo. Su independencia natural de las instituciones civiles representa la más radical forma de libertad, rasgo característico de un verdadero auto-gobierno y gestión de la comunidad identitaria. “La libertad reside auténticamente en el hogar”, nos dice Chesterton. Sin embargo, la correcta funcionalidad de todo hogar familiar depende directamente del salario familiar justo –como en su momento lo señaló la Rerum Novarum– , de prestaciones y servicios adecuados a las necesidades de sus miembros, y la rendición del estado en su constante acecho por asumir o sustituir las funciones domésticas. Sin estas dimensiones, el hogar familiar se convierte en el esclavo de los intereses del orden político en turno, desprovisto de su esencia y dejando el bienestar de sus miembros a la intemperie y al azar.

Ahora bien, la necesidad básica de todo ser humano por adquirir alimentos, cobijo y arropamiento, reclama la eterna sincronización existente entre el hogar y la propiedad, en la que se ejerce el encuentro entre la tierra y el trabajo. Para lograr la total autonomía entre lo uno y lo otro, en términos de producción de bienes indispensables para la subsistencia humana, el hogar familiar ha de gozar una total autonomía en la producción de sus propios alimentos y su preservación: cultivo de frutas y verduras, desarrollo de la ganadería a pequeña escala, posibilidad de cacería y pesca con fines de consumo, entre otras cosas.

Preservar estas habilidades milenarias de supervivencia posibilitarían a la familia a prever y enfrentar las penurias que trae consigo una guerra, una hambruna, una depresión económica o el colapso del mercado financiero, la inflación, o incluso un gobierno despótico. Todo esto sería posible si la familia recuperara el acceso a la propiedad con fines “agrarios”. Bastarían algunas hectáreas para lograr dicha autonomía, para lo cual será necesario rescatar la vida rural y posibilitarla para las nuevas familias del mundo. Del mismo modo, el protagonismo del hogar en toda sociedad debe ser visto como la “tierra fértil” que se distingue por las funciones que ejerce del resto de los bienes y servicios civiles. La tarea más crítica en el devenir de la vida social, política y económica queda abarcada en la distribución adecuada de la propiedad, del trabajo de la tierra, que permita el ejercicio genuino de la libre administración de sus frutos según criterios de donación, a saber, de entrega cultural –la tradición– a la siguiente generación, radicalmente expresada en la vida de los hijos.

Junto con la propiedad, la tierra, el hogar puede ser autónomo en el control de los medios de producción. La Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX ejerció completo control de las fuentes de emergía básicos y elementales para la supervivencia del hombre, como lo fueron el agua y posteriormente las aplicaciones de la máquina de vapor, ejerciendo un monopolio sin precedentes por parte de las grandes factorías y empresas emergentes, promoviendo al mismo tiempo la separación prácticamente insalvable entre el trabajo productivo y el hogar familiar. Durante milenios, la gran mayoría de familias trabajaban y vivían en el mismo lugar, ya sean en pequeñas granjas, talleres de carpintería, cabañas de pescadores, etc. La industrialización se encargó de romper con esta relación tradicional entre el hogar familiar y el trabajo productivo.

Sin embargo, el accidentado siglo XX también fue testigo de los grandes avances tecnológicos en los diversos saberes y áreas del conocimiento práctico –particularmente en el ámbito de la salud–, devolviendo una cierta autonomía a la familia y a su quehacer económico-doméstico. Una amplia gama de aplicaciones de orden técnico –los generadores eléctricos, el motor de combustión interna, o la celda fotovoltaica– han facilitado la vida de las familias. Estas aplicaciones han permitido la emergencia de nuevos modos de vivir el quehacer doméstico. Incluso la computadora se ha convertido en una herramienta clave para la asimilación y el almacenamiento de información en el hogar, aunque sus consecuencias en el ámbito del ocio familiar es un tema cuestionable. Sin embargo, las nuevas redes de distribución, el marketing mal enfocado, la nueva sociedad de consumo, ya representan una variable que nubla el precio real de los productos y servicios, así como su excesivo consumo, que solo benefician a ciertos grupos de poder y no a la familia.

Otro reto que trajo consigo el desarrollo tecnológico es la “división del trabajo” extrema según habilidades técnicas, la cual se opone directamente con el modus vivendi de la sociedad pre-industrial, en la que se valoraba sobremanera el poseer “habilidades” generales de orden laboral, que respetan la integridad de la vida humana. La visión “artística” del trabajo, redonda en su concepción de la realidad, que se sabe ocupar tanto de las líneas generales como del detalle, permite el desarrollo auténtico de la creatividad y de su aplicación efectiva en la vida de las personas. En tal escenario, los hijos adecuaban sus capacidades aprendidas en el entorno familiar, aplicando creativamente sus intelectos para desarrollar nuevo conocimiento de modo práctico y conceptual, sembrando un fuerte sentido de autosuficiencia.

En efecto, la juventud aprendía las habilidades básicas de supervivencia de sus propios padres y de sus propias madres. Nos referimos a las habilidades básicas de orden doméstico, por ahora menospreciadas en nuestra sociedad moderna, como lo son la carpintería, jardinería, el cuidado de animales, la elaboración y preservación de los alimentos, la fabricación y el remiendo de la vestimenta, etc. Para este efecto, los hogares estaban equipados con los utensilios básicos que hacían posible tan afanosa labor: los materiales para cosechar y hacer comestibles los propios alimentos de modo natural, para reparar la propia casa y todos sus componentes, la posesión de vehículos de transporte y de carga, dispositivos de comunicación y almacenamiento de información. La familia contemporánea pudiera beneficiarse de este mismo espíritu, buscando un libre acceso a los mercados emergentes de bienes y servicios de menor escala, y con ello, acceder de igual modo a la formación humanística, técnica y profesional que éste reclama.

Al mismo tiempo, un hogar funcional no puede prescindir de una estructura de gobierno doméstico, la cual ha de operar de modo simple y responsable desde la autoridad de los padres, en la que los miembros de la familia aprendan de la sabiduría de los ancianos, y los hijos se enriquezcan su educación a partir de a la guía de los padres, los tíos y los abuelos. El orden social y cívico, así como el resto de las fidelidades societarias, se han de subordinar a la mediación de esta estructura doméstica. Con esto apuntamos hacia la función central de todo hogar familiar: la educación de los hijos, en la que los padres han de ejercer una responsabilidad central, apoyados fuertemente por la familia extensa.

El hogar familiar posee la obligación y la potestad natural de transmitir a sus miembros, sobre todo a los hijos, las creencias y doctrinas espirituales inherentes a su propia familia; las costumbres y el folklore que allí se viven; las habilidades prácticas necesarias para transmitir su mismo espíritu a su futura familia, así como los conocimientos adquiridos para posteriormente enfrentar los retos de la sociedad comercial y móvil en que vivimos. Otras instancias intermediarias, por ejemplo, los colegios, guarderías, centros de estimulación temprana, pueden ser exitosas en la medida que son subcontratadas por las mismas familias (pero no de modo obligatorio o permanente) para complementar el desarrollo de sus hijos, pero nunca podrán ser un sustituto de dicho espíritu.

La educación de los hijos, bien fundamentada y asumida, debe mantener su vértice en el hogar familiar, en el que los padres transmiten a la siguiente generación su visión de la vida, sus valores, sus virtudes y sus habilidades. En medio de un mundo que se desquebraja interiormente, cada hogar ha de sobrevivir a modo de un pequeño “grupo de resistencia” que se organiza bajo un mismo principio: el altruismo. Sus miembros están llamados a compartir el devenir de sus vidas con una entrega total, sin asumir fracaso o éxito alguno de modo individual. Bajo otras circunstancias, este mismo principio de justicia puede ser extendido a otros miembros de la familia, incluso a pequeñas comunidades, en las que la generosidad y la caridad pueden ser propiciadas por un conocimiento práctico del carácter individual de sus miembros, así como la disciplina y el rigor necesarios para edificar una comunidad sólida y creciente. En ocasiones habrá ineficiencias, desarticulaciones, incluso catástrofes multifacéticas, pero el hogar familiar puede darse el lujo de hacer todo tipo de balances a fin de hacerse cargo de los necesitados, de los que deben ser apoyados, a sabiendas que la recompensa emocional y psicológica que esta atención traerá consigo es inconmensurable.

Rafael Hurtado, PhD.
Departamento de Humanidades
Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

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