La familia natural descansa en su total sumisión a la voluntad absoluta del Espíritu Divino de Amor. Esto se manifiestan de modo flagrante en la naturaleza humana y en el orden intrínseco de toda lo creado. Por ello, todo desarrollo social se ha de esforzar por ser armónico con la Intención Divina de Amor. Es sabido que la persona humana se distingue del resto de la creación por su clara tendencia al movimiento inteligente. El hombre de antaño, en su afán de adelantarse a la contingencia, siempre miró hacia adelante en espera de hacer frente a la adversidad. Superó condiciones de vida extremas, dando consistencia a sus ideas en favor de la prosperidad de su entorno más inmediato.

Parte esencial de su dignidad radica en su interés por modelar las bondades del mundo que le ha sido encomendado, mismo que se muestra con sus grados de indeterminación que justifican la razón de ser del trabajo, actividad comunitaria por excelencia que se encuentra en el origen de toda cultura conocida. Gracias al trabajo, el mundo de los seres humanos aspira con el tiempo a ser construido y habitado, no sólo en un momento específico de su historia, o bien para el deleite de unos pocos miembros de su estirpe, de una aristocracia o una oligarquía, sino para que las generaciones venideras gocen de una mejor vida y se conviertan en promesa sublime de un futuro esperanzador para toda comunidad, misma que con el tiempo se ha de tornar en pueblo, villa y nación.

Ésta no es una tarea fácil, pues el tejido cultural de toda sociedad se forma necesariamente a partir de la entrega libre que reclama el compromiso conyugal que, llevado a su máximo nivel de entrega humana total y sin reservas, conforma un balance delicado y contundente que tras varios siglos se ha relevado con un brillo sin precedentes. Nos referimos a esa imagen viva y originaria de nuestra civilización, a saber, la familia matrimonial.

Ciertamente, varón y mujer maduran en su entorno familiar concreto de modo paulatino, al ritmo de una serie de etapas que se presuponen mutuamente en lo biológico, lo psicológico y lo afectivo. Éstas, siendo variables según el contexto cultural en turno, no se cancelan ni tienden a extenderse de modo definitivo. El infante se ha de convertir en adulto para luego dar la bienvenida a la esperada ancianidad, pasando por sus correspondientes estados anímicos que le harán expandir su ser frente a la realidad objetiva. El soltero se ha de casar, entregarse sin resguardos a su cónyuge, si su deseo es dejar que el torrente de la fecundidad empape con sus aguas la tierra fértil de su vida matrimonial, de la cual han de surgir los nuevos horizontes del mundo creado, dulcemente plasmados en la promesa de la vida de una nueva persona: el hijo.

Son el varón y la mujer conyugados quienes desde antaño se han hecho cargo del reto más paradójico –como diría G. K. Chesterton– presente en toda civilización conocida, a saber, la procreación y la humanización de sus hijos. En efecto, cuando un padre y una madre deciden hacerse cargo uno del otro, y juntos como pareja de sus propios hijos, es posible hablar del florecimiento cultural de la siguiente generación de ciudadanos de aquella nación que quiere perpetuarse en la existencia.

Por tal motivo, la Cultura Occidental fue reconociendo de modo paulatino (comenzando por los Romanos) el valor inconmensurable de la institución matrimonial, la unión conyugal entre el varón y la mujer, en favor del bienestar del infante, exaltando por encima de toda duda o sesgo cultural el irrenunciable valor de la persona humana como individuo pensante –Naturæ rationalis individua substantia, siguiendo a Séneca–. A partir de la llegada de Jesucristo, nos tomó aproximadamente 15 siglos a los occidentales entender que el amor entre el hombre y la mujer es un “signo sensible” que da razón de la mirada de Dios (es Sacramento, según se estipuló en el Concilio de Trento –1545-1563), pero a la vez nos ha tomado tan solo tres siglos olvidarnos de tan excelsa realidad, no sin sufrir de modo paulatino las consecuencias de nuestra propia omisión.

Rafael Hurtado, PhD.
Departamento de Humanidades
Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

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