Author

Verdad o Mito

Browsing

De todas las relaciones que hacen posible la vida humana, las más atacada por los enemigos de la sociedad es sin lugar a dudas la institución familiar, pues es el pilar cultural que sostiene a todas las demás.

Consecuentemente, su defensa en cuanto institución sagrada debe ser considerada la última gran batalla de nuestra era. Sólo así la humanidad contemporánea podrá aspirar a tener un poco de paz y felicidad en la tierra.

Ante esta enunciación, es posible que el hogar familiar está por ser redescubierto en su status de taller de modelación humana y spiritual de donde proviene todo desarrollo social y cívico.

Por siglos, el hogar ha sido el espacio vital donde varón y mujer han aprendido el significado de sus respectivos modos de ser; es el fuego alimentado por el trabajo, la contemplación y el descaso al que nuestros seres queridos se acercan para calentarse.

Es el lugar en donde se acepta y construye la intimidad, lo más radicalmente propio, que hace posible la enseñanza genuina y el aprendizaje libre y desinteresado, donde los padres de familia pueden aprender a construir su amor, a entusiasmarse por hacer feliz al cónyuge, a transmitir con su trabajo y entrega el drama de su propia existencia.

Posteriormente, los hijos podrán hacer suyo este espíritu a fin retarlo, hacerlo crecer y optar libremente por imitarlo. No me parece que haya otro modo de transmitir la cultura, el cultivo de lo humano, la humanización de los hijos de Dios, pues es aquí donde el ser humano aprende a recibir y por consiguiente a dar y a darse.

Veremos en las siguientes 5 reflexiones un posible camino nos llevará a comprender por qué el futuro de la humanidad pasará por una comprensión más profunda de la vida familiar y doméstica, con vistas a alcanzar lograr todas las aspiraciones que nos plantea el nuevo mundo al que nos hemos irremediablemente enfrentar.

Rafael Hurtado, PhD.
Departamento de Humanidades
Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

La familia natural descansa en su total sumisión a la voluntad absoluta del Espíritu Divino de Amor. Esto se manifiestan de modo flagrante en la naturaleza humana y en el orden intrínseco de toda lo creado. Por ello, todo desarrollo social se ha de esforzar por ser armónico con la Intención Divina de Amor. Es sabido que la persona humana se distingue del resto de la creación por su clara tendencia al movimiento inteligente. El hombre de antaño, en su afán de adelantarse a la contingencia, siempre miró hacia adelante en espera de hacer frente a la adversidad. Superó condiciones de vida extremas, dando consistencia a sus ideas en favor de la prosperidad de su entorno más inmediato.

Parte esencial de su dignidad radica en su interés por modelar las bondades del mundo que le ha sido encomendado, mismo que se muestra con sus grados de indeterminación que justifican la razón de ser del trabajo, actividad comunitaria por excelencia que se encuentra en el origen de toda cultura conocida. Gracias al trabajo, el mundo de los seres humanos aspira con el tiempo a ser construido y habitado, no sólo en un momento específico de su historia, o bien para el deleite de unos pocos miembros de su estirpe, de una aristocracia o una oligarquía, sino para que las generaciones venideras gocen de una mejor vida y se conviertan en promesa sublime de un futuro esperanzador para toda comunidad, misma que con el tiempo se ha de tornar en pueblo, villa y nación.

Ésta no es una tarea fácil, pues el tejido cultural de toda sociedad se forma necesariamente a partir de la entrega libre que reclama el compromiso conyugal que, llevado a su máximo nivel de entrega humana total y sin reservas, conforma un balance delicado y contundente que tras varios siglos se ha relevado con un brillo sin precedentes. Nos referimos a esa imagen viva y originaria de nuestra civilización, a saber, la familia matrimonial.

Ciertamente, varón y mujer maduran en su entorno familiar concreto de modo paulatino, al ritmo de una serie de etapas que se presuponen mutuamente en lo biológico, lo psicológico y lo afectivo. Éstas, siendo variables según el contexto cultural en turno, no se cancelan ni tienden a extenderse de modo definitivo. El infante se ha de convertir en adulto para luego dar la bienvenida a la esperada ancianidad, pasando por sus correspondientes estados anímicos que le harán expandir su ser frente a la realidad objetiva. El soltero se ha de casar, entregarse sin resguardos a su cónyuge, si su deseo es dejar que el torrente de la fecundidad empape con sus aguas la tierra fértil de su vida matrimonial, de la cual han de surgir los nuevos horizontes del mundo creado, dulcemente plasmados en la promesa de la vida de una nueva persona: el hijo.

Son el varón y la mujer conyugados quienes desde antaño se han hecho cargo del reto más paradójico –como diría G. K. Chesterton– presente en toda civilización conocida, a saber, la procreación y la humanización de sus hijos. En efecto, cuando un padre y una madre deciden hacerse cargo uno del otro, y juntos como pareja de sus propios hijos, es posible hablar del florecimiento cultural de la siguiente generación de ciudadanos de aquella nación que quiere perpetuarse en la existencia.

Por tal motivo, la Cultura Occidental fue reconociendo de modo paulatino (comenzando por los Romanos) el valor inconmensurable de la institución matrimonial, la unión conyugal entre el varón y la mujer, en favor del bienestar del infante, exaltando por encima de toda duda o sesgo cultural el irrenunciable valor de la persona humana como individuo pensante –Naturæ rationalis individua substantia, siguiendo a Séneca–. A partir de la llegada de Jesucristo, nos tomó aproximadamente 15 siglos a los occidentales entender que el amor entre el hombre y la mujer es un “signo sensible” que da razón de la mirada de Dios (es Sacramento, según se estipuló en el Concilio de Trento –1545-1563), pero a la vez nos ha tomado tan solo tres siglos olvidarnos de tan excelsa realidad, no sin sufrir de modo paulatino las consecuencias de nuestra propia omisión.

Rafael Hurtado, PhD.
Departamento de Humanidades
Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

Por esta razón, la institución matrimonial juega un papel relevante como máximo exponente de toda relación societaria. El matrimonio sustenta su carácter relacional por su naturaleza que en sí misma es renovadora, enraizada en la mutua atracción entre el hombre y la mujer, los cuales son testigos fervientes de su complementariedad –que tiende a la fecundidad– partiendo de su propia individualidad, de su propio ser. El hombre y la mujer unen sus vidas con vistas a perpetuar su amor conyugal, el cual tomará sustancia en el devenir del crecimiento de la “estirpe” humana. Muchas culturas han ubicado la institución matrimonial en el centro de su sentido ritual y religioso, incluso en aquellas de menor calado, siempre apuntalando hacia lo divino, a lo eterno, a lo permanente.

En ese sentido, se puede afirmar que el matrimonio es la única institución de naturaleza “anarquista,” como afirmó G. K. Chesterton. Es decir, que existe de modo previo a cualquier otro tipo de construcción social humana, ya sea la villa, la ciudad, el estado o incluso la nación, y, como ya se ha dicho, siempre manifestando su radical capacidad renovadora. Lo ha sido incluso en períodos de penuria y escasez: en tiempos de persecución, de declive social, o incluso frente a la decadencia moral. En la época moderna –quizás más que nunca en la historia–, cada matrimonio nuevo encarna una heroica afirmación de la vida misma, promoviendo la continuidad del espíritu humano, frente a todos los intentos contemporáneos de acabar con él.

Cada nuevo matrimonio representa un acto de “rebelión” en contra de los ambiciosos poderes políticos e ideológicos que tienden a reducir el quehacer humano a una pobre continuación de los intereses oligárquicos, siempre guardando en su semántica de amor la inconmensurable potestad que le es propia, a saber, el engendrar y educar hijos. En efecto, en cada matrimonio sólidamente constituido la imperante naturaleza humana vuelve “tira los dados” al momento de engendrar una nueva vida, única e impredecible, con sus cualidades y sus potencialidades.

El matrimonio, por ende, ha de custodiar dicha potestad radical que le es exclusiva. El hombre y la mujer, gozosos de una dignidad compartida frente al Creador, son portadores de unos dones especiales, propios de su naturaleza masculina y femenina, diferentes en su modo de pensar, de actuar y de ejercer sus cualidades. Su complementariedad convierte su unión en una entidad que supera la mera suma de sus partes. Al mismo tiempo, el matrimonio establece los fundamentos para la edificación de otras relaciones de tipo social, pues éste se torna en un pacto, un vínculo, entre dos personas individuales –hombre y mujer– que acceden a entregarse el uno al otro sin resguardos con vistas al cuidado, el respeto y la protección mutua, la cual se ha de manifestar como una total apertura a las nuevas vidas que puedan llegar a partir de su unión sexual.

Para ello, el vínculo matrimonial fundacional debe ser garantizado de modo “permanente.” Sin esta característica esencial, los esfuerzos del hombre y de la mujer por consolidarse como una caro (una carne) se ponen en entredicho. Los llamados matrimonios de “asociación libre” (o, de hecho), tienden a reservar una parte de sus recursos de tiempo y espacio y sus expectativas futuras, acompañados de un miedo sintomático –que se sigue expandiendo en nuestros días– que se contrasta con la plena consolidación de su mismo matrimonio y de sus irrenunciables responsabilidades.

Ciertamente, no hemos de olvidar que la promesa que conlleva la indisolubilidad matrimonial es en sí misma un motivante para desarrollar criterios de “negociación” ante las claras fallas y diferencias que los cónyuges descubrirán poco a poco en el discurrir de su vida en común. La experiencia confirma que las promesas incumplidas en este ámbito operan como una fisura que aparece repentinamente en los cimientos de un gran edificio, la cual se ha de extender con el paso del tiempo hasta el punto de colapsar la construcción en su totalidad.

Al mismo tiempo, cada matrimonio conlleva el establecimiento de un segundo vínculo entre la pareja conyugada y su prole. La institución matrimonial tiene a título de honor el juntar a dos familias en la promesa de nuevas criaturas, futuros ciudadanos de todo entorno social conocido, ensalzándolas y perpetuándolas hacia una nueva era. En cierto modo, en la familia matrimonial también representa la solución natural al conocido problema de la “dependencia” entre los seres humanos. Cada comunidad humana ha de dar respuesta a este reto: ¿quién cuidará del infante, del anciano, del minusválido, del convaleciente? ¿Quién se encargará de administrar los frutos del trabajo productivo entre aquellos que no son aptos para hacerse cargo de ellos mismos? En el orden natural de la vida humana, esta labor ha sido encomendada a la inmensa red de relaciones de parentesco, sublimemente exaltadas por aquella frase que todo matrimonio ha de jurar: en la salud y en la enfermedad.

Es aquí donde las funciones paternas y maternas son llamadas a escena, a fin de sanar, educar, y proteger a sus propios hijos hasta el punto de que ellos mismos puedan encargarse de su propia familia, quienes además serán acompañados de la sabiduría de sus ancianos, bastiones inefables del paso del tiempo y de la historia, todos unidos en un irrenunciable propósito: que todo miembro de la familia llegue a buen puerto. La aceptación de estas funciones es encomendada de generación en generación, siendo cada hijo el “continente” de un acervo cultural confiado por sus padres y por sus abuelos, tíos y primos, con vistas a la trascendencia. Este repositorio cultural ha de enseñar a los hijos a la responsabilidad que ellos mismos han de asumir al momento que engendrar a sus propios hijos, de tal modo que la “cadena” de deberes y virtudes en favor de sus familias no sufra ruptura alguna.

El matrimonio también establece un vínculo irrenunciable entre los cónyuges y la comunidad que habita. La procreación encomendada a la familia matrimonial ofrece la promesa de engendran nuevos miembros de la misma, quienes han de ser humanizados por sus mismos padres sin ser encomendados fríamente a otras instancias de carácter institucional, a fin de que éstos crezcan sanamente y lleguen a ser padres responsables que contribuyan al mejoramiento de sus propias familias y de su entorno más inmediato. Será predecible que los niños criados en su propia familia serán más saludables, más inteligentes, más trabajadores y honestos, más dados a la cooperación que sus contrapartes. Adquirirán las habilidades prácticas y sus respectivos conocimientos con un fuerte sentido comunitario, siendo menos propensos a la violencia, al abuso y a comportamientos autodestructivos.

Como tal, cada matrimonio representará la renovación de su propia comunidad, a través de la promesa que conlleva la procreación de nuevos miembros responsables de la misma. Quizás esta sea la razón por la cual toda sociedad sana ha de invertir lo suficiente en cada “ceremonia de paso”, según edad y según sexo, en cada etapa de la madurez del infante. El mismo matrimonio como sacramento es un claro símbolo de esta necesidad de mantener la unidad de la comunidad. La imagen del esposo y la esposa que se juran amor eterno en presencia de Dios y de sus allegados, representa la promesa cultural que da cuerpo a dicha unidad, misma que va más allá de la intimidad del hogar, transformando su entorno y dando consistencia a su vida cotidiana.

Los seres humanos estamos capacitados para comprender la fuerza de este vínculo, y de su clara interdependencia con el resto de la sociedad. Si la institución matrimonial es débil, o lo que es peor, se “politiza” o subordina a las ideologías en turno, las patologías sociales como el suicidio, el crimen, el abuso, la falta de salud (biológica y psicológica), así como la total subordinación al estado o a otras instancias de poder, serán la consecuencia. La prolongación de este desorden no se quedará allí, sino que se transformará con el tiempo en tasas bajas de conyugalidad, de natalidad, y por ende en el colapso de la economía, como ya lo estamos viendo.

La simbiosis creativa entre la realidad familia y el hogar es de orden metafísico. Es decir, se puede distinguir intelectualmente, pero realmente inseparable. Dada en unidad natural, representa el humus que ha de dar consistencia a toda cohesión social, sobre la cual la noción política del orden público encuentra su base natural. El hogar familiar integra de modo habitual al hombre y a la mujer conyugados, a los hijos, los ancianos y los familiares que viven la soltería. Su éxito da paso a la libertad bien entendida, apuntando a la autonomía e interdependencia frente a todo tipo de adversidad. En su conjunto, el hogar hace posible enfrentar toda clase de coacciones culturales, presiones económicas y sociales, así como crecientes turbulencias políticas. Su fuerza creadora le permiten ser el artífice de la renovación social una vez que los problemas del mundo se extinguen o cambian de forma.

Un hogar íntegro, robusto, posee principalmente el poder de acoger, de restaurar, dar vestido y alimento a sus miembros, ante la creciente desatención del estado o de la indiferencia del mundo corporativo. Su independencia natural de las instituciones civiles representa la más radical forma de libertad, rasgo característico de un verdadero auto-gobierno y gestión de la comunidad identitaria. “La libertad reside auténticamente en el hogar”, nos dice Chesterton. Sin embargo, la correcta funcionalidad de todo hogar familiar depende directamente del salario familiar justo –como en su momento lo señaló la Rerum Novarum– , de prestaciones y servicios adecuados a las necesidades de sus miembros, y la rendición del estado en su constante acecho por asumir o sustituir las funciones domésticas. Sin estas dimensiones, el hogar familiar se convierte en el esclavo de los intereses del orden político en turno, desprovisto de su esencia y dejando el bienestar de sus miembros a la intemperie y al azar.

Ahora bien, la necesidad básica de todo ser humano por adquirir alimentos, cobijo y arropamiento, reclama la eterna sincronización existente entre el hogar y la propiedad, en la que se ejerce el encuentro entre la tierra y el trabajo. Para lograr la total autonomía entre lo uno y lo otro, en términos de producción de bienes indispensables para la subsistencia humana, el hogar familiar ha de gozar una total autonomía en la producción de sus propios alimentos y su preservación: cultivo de frutas y verduras, desarrollo de la ganadería a pequeña escala, posibilidad de cacería y pesca con fines de consumo, entre otras cosas.

Preservar estas habilidades milenarias de supervivencia posibilitarían a la familia a prever y enfrentar las penurias que trae consigo una guerra, una hambruna, una depresión económica o el colapso del mercado financiero, la inflación, o incluso un gobierno despótico. Todo esto sería posible si la familia recuperara el acceso a la propiedad con fines “agrarios”. Bastarían algunas hectáreas para lograr dicha autonomía, para lo cual será necesario rescatar la vida rural y posibilitarla para las nuevas familias del mundo. Del mismo modo, el protagonismo del hogar en toda sociedad debe ser visto como la “tierra fértil” que se distingue por las funciones que ejerce del resto de los bienes y servicios civiles. La tarea más crítica en el devenir de la vida social, política y económica queda abarcada en la distribución adecuada de la propiedad, del trabajo de la tierra, que permita el ejercicio genuino de la libre administración de sus frutos según criterios de donación, a saber, de entrega cultural –la tradición– a la siguiente generación, radicalmente expresada en la vida de los hijos.

Junto con la propiedad, la tierra, el hogar puede ser autónomo en el control de los medios de producción. La Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX ejerció completo control de las fuentes de emergía básicos y elementales para la supervivencia del hombre, como lo fueron el agua y posteriormente las aplicaciones de la máquina de vapor, ejerciendo un monopolio sin precedentes por parte de las grandes factorías y empresas emergentes, promoviendo al mismo tiempo la separación prácticamente insalvable entre el trabajo productivo y el hogar familiar. Durante milenios, la gran mayoría de familias trabajaban y vivían en el mismo lugar, ya sean en pequeñas granjas, talleres de carpintería, cabañas de pescadores, etc. La industrialización se encargó de romper con esta relación tradicional entre el hogar familiar y el trabajo productivo.

Sin embargo, el accidentado siglo XX también fue testigo de los grandes avances tecnológicos en los diversos saberes y áreas del conocimiento práctico –particularmente en el ámbito de la salud–, devolviendo una cierta autonomía a la familia y a su quehacer económico-doméstico. Una amplia gama de aplicaciones de orden técnico –los generadores eléctricos, el motor de combustión interna, o la celda fotovoltaica– han facilitado la vida de las familias. Estas aplicaciones han permitido la emergencia de nuevos modos de vivir el quehacer doméstico. Incluso la computadora se ha convertido en una herramienta clave para la asimilación y el almacenamiento de información en el hogar, aunque sus consecuencias en el ámbito del ocio familiar es un tema cuestionable. Sin embargo, las nuevas redes de distribución, el marketing mal enfocado, la nueva sociedad de consumo, ya representan una variable que nubla el precio real de los productos y servicios, así como su excesivo consumo, que solo benefician a ciertos grupos de poder y no a la familia.

Otro reto que trajo consigo el desarrollo tecnológico es la “división del trabajo” extrema según habilidades técnicas, la cual se opone directamente con el modus vivendi de la sociedad pre-industrial, en la que se valoraba sobremanera el poseer “habilidades” generales de orden laboral, que respetan la integridad de la vida humana. La visión “artística” del trabajo, redonda en su concepción de la realidad, que se sabe ocupar tanto de las líneas generales como del detalle, permite el desarrollo auténtico de la creatividad y de su aplicación efectiva en la vida de las personas. En tal escenario, los hijos adecuaban sus capacidades aprendidas en el entorno familiar, aplicando creativamente sus intelectos para desarrollar nuevo conocimiento de modo práctico y conceptual, sembrando un fuerte sentido de autosuficiencia.

En efecto, la juventud aprendía las habilidades básicas de supervivencia de sus propios padres y de sus propias madres. Nos referimos a las habilidades básicas de orden doméstico, por ahora menospreciadas en nuestra sociedad moderna, como lo son la carpintería, jardinería, el cuidado de animales, la elaboración y preservación de los alimentos, la fabricación y el remiendo de la vestimenta, etc. Para este efecto, los hogares estaban equipados con los utensilios básicos que hacían posible tan afanosa labor: los materiales para cosechar y hacer comestibles los propios alimentos de modo natural, para reparar la propia casa y todos sus componentes, la posesión de vehículos de transporte y de carga, dispositivos de comunicación y almacenamiento de información. La familia contemporánea pudiera beneficiarse de este mismo espíritu, buscando un libre acceso a los mercados emergentes de bienes y servicios de menor escala, y con ello, acceder de igual modo a la formación humanística, técnica y profesional que éste reclama.

Al mismo tiempo, un hogar funcional no puede prescindir de una estructura de gobierno doméstico, la cual ha de operar de modo simple y responsable desde la autoridad de los padres, en la que los miembros de la familia aprendan de la sabiduría de los ancianos, y los hijos se enriquezcan su educación a partir de a la guía de los padres, los tíos y los abuelos. El orden social y cívico, así como el resto de las fidelidades societarias, se han de subordinar a la mediación de esta estructura doméstica. Con esto apuntamos hacia la función central de todo hogar familiar: la educación de los hijos, en la que los padres han de ejercer una responsabilidad central, apoyados fuertemente por la familia extensa.

El hogar familiar posee la obligación y la potestad natural de transmitir a sus miembros, sobre todo a los hijos, las creencias y doctrinas espirituales inherentes a su propia familia; las costumbres y el folklore que allí se viven; las habilidades prácticas necesarias para transmitir su mismo espíritu a su futura familia, así como los conocimientos adquiridos para posteriormente enfrentar los retos de la sociedad comercial y móvil en que vivimos. Otras instancias intermediarias, por ejemplo, los colegios, guarderías, centros de estimulación temprana, pueden ser exitosas en la medida que son subcontratadas por las mismas familias (pero no de modo obligatorio o permanente) para complementar el desarrollo de sus hijos, pero nunca podrán ser un sustituto de dicho espíritu.

La educación de los hijos, bien fundamentada y asumida, debe mantener su vértice en el hogar familiar, en el que los padres transmiten a la siguiente generación su visión de la vida, sus valores, sus virtudes y sus habilidades. En medio de un mundo que se desquebraja interiormente, cada hogar ha de sobrevivir a modo de un pequeño “grupo de resistencia” que se organiza bajo un mismo principio: el altruismo. Sus miembros están llamados a compartir el devenir de sus vidas con una entrega total, sin asumir fracaso o éxito alguno de modo individual. Bajo otras circunstancias, este mismo principio de justicia puede ser extendido a otros miembros de la familia, incluso a pequeñas comunidades, en las que la generosidad y la caridad pueden ser propiciadas por un conocimiento práctico del carácter individual de sus miembros, así como la disciplina y el rigor necesarios para edificar una comunidad sólida y creciente. En ocasiones habrá ineficiencias, desarticulaciones, incluso catástrofes multifacéticas, pero el hogar familiar puede darse el lujo de hacer todo tipo de balances a fin de hacerse cargo de los necesitados, de los que deben ser apoyados, a sabiendas que la recompensa emocional y psicológica que esta atención traerá consigo es inconmensurable.

Rafael Hurtado, PhD.
Departamento de Humanidades
Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

Ahora bien, una sociedad formada por hogares sólidos permite la diversificación de habilidades que tienden a la especialización, en un contexto de competencia e intercambios justo de bienes y servicios. Este tipo de operatividad es más eficaz cuando abundan relaciones de orden “afectivo” y “espiritual,” ya sea desde la fe religiosa, la propia etnia, o bien desde un sentido histórico unificador en interacción armoniosa con los distintos colectivos de intereses compartidos. En una auténtica communio personarum –diría San Juan Pablo II–, el individuo está llamado a interiorizar su comportamiento, que en ocasiones puede tender a satisfacer sus propias ambiciones individuales, reconociendo el riesgo que puede representar para todos el crecimiento abrupto y sin medida de diversas índoles.

El orden cívico que de aquí emana permite exaltar una clara conciencia social, amansando cualquier disparidad cultural irracional (ciertamente inevitable). En ese sentido, la familia sirve de “escudo” frente a las patologías sociales, sobre todo el abuso, que pueden surgir incluso desde los mismos hogares, permitiendo desde la intervención moderada de terceros, sin atentar directamente con el orden familiar establecido en cada hogar. Así, la misma comunidad será acreedora a impartir los deberes y obligaciones constitutivas que conllevan la membrecía a dicha comunidad, principalmente entre los más jóvenes, así como los modelos de comportamiento que han de ir más allá del propio hogar.

La “acción humana” o política –como diría Hanna Arent– sería guiada principalmente por las buenas costumbres (mos-moris, la moral) fortalecidas desde la leyes, las cuales apuntarían principalmente a la regulación de los extranjeros o aspirantes a formar parte de la comunidad. Ante cualquier comportamiento que atente contra el orden establecido, medidas informales no-agresivas de prevención representarían la norma social con vías a restablecer el orden imperante en la comunidad.

El liderazgo social emerge de modo espontáneo en este contexto, de tal modo que los protagonismos de las personas que viven con esta cercanía son fácilmente reconocibles por su valía, sus fortalezas, así como sus debilidades y áreas de mejora, siempre aceptando la guía y la sabiduría de aquellos que ejercen el gobierno virtuoso de sus propias vidas y de sus hogares. Se otorga una especial deferencia a aquellos miembros de la comunidad por su avanzada edad, por su memoria colectiva que les hace testigos de la historia en la que se encuentran testimonios tanto de los errores cometidos como de los aciertos. El liderazgo “natural”, en ese sentido, ha de quedar formalizado a partir de consejos conformado por los mayores y los patronos de la comunidad, o bien por medio de organismos democráticos.

En cualquier caso, los líderes han de aceptar la gran responsabilidad que representa el proteger la comunidad y sus distintos vecindarios de amenazas internas o externas que pongan en entredicho los lazos fraternos que allí concurren. “Milicias” compuestas por aquellos que estudian el “arte de la guerra” serán las encargadas de defender a las familias de toda agresión o de claros atentados contra la seguridad pública. Quizás el más grande reto sería el defender a la comunidad de las ideologías y las tecnologías (mal entendidas) que atenten contra la esencia y la salud mental de la vida comunitaria, siendo los mismos líderes arriba mencionados los encargados de someter éstas a juicio y, en dado caso, prohibirlas o restringirlas.

De igual modo, el comercio ha de florecer de modo natural entre la diversidad de hogares a través de los mercados. Solo así las distintas comunidades ajustarían sus afanes de competitividad tomando en cuenta el sentimiento de pertenencia a una misma humanidad, asegundando la estabilidad de la economía doméstica por medio de criterios de intercambio comercial justo. La comunidad en general se ha de esforzar por evitar una fría “industrialización” de la economía humana y de la vida social. El trabajo de los miembros de la familia –incluso los niños en algunos casos– se efectuaría dentro de los límites de la “empresa familiar,” permitiendo su crecimiento sin sacrificar por ello su propia armonía.

En caso de ser necesario el empleo de algún miembro de la familia fuera de este contexto, un cierto control de los acuerdos estipulados entre las contrapartes sería necesario, de tal modo el salario acordado no sufra menoscabo ante la ya conocida ley de la “oferta y demanda” laboral, con la expectativa de recibir el ya mencionado salario familiar justo.

La vida social correspondiente a este modelo centrado en la familia desarrolla fuertes lasos de apego con el entorno cercano en el que sus integrantes han crecido, así como un fuerte sentido de responsabilidad con la flora y la fauna de su lugar de nacimiento. Se promoverían las buenas costumbres ancestrales de dar un paseo por el parque, ir de caza o de pesca con fines de consumo, promover el cultivo de árboles y de la vegetación en general como actividades propiamente recreativas, asegurando la solidez y el apego a la dotación natural y biológica que nos ha sido encomendada y que es causa de nuestra propia vida.

Un entorno armónico de estas características es esencial para el sano crecimiento de la persona humana, y ciertamente definitoria para asegurar los lasos fraternos entre las familias y su propia comunidad. El saberse habituar al propio entorno cercano es la resultante de “haber crecido” allí, ya sea en medio de los lagos de Michigan, los Alpes suizos, o la Patagonia argentina. Las personas que crecen sin este sentido de pertenencia desarrollan una personalidad incompleta, convirtiéndose en “nómadas” perpetuos, entregados a la diversidad de constructos ideológicos diseñados para llenar el vacío existencial que sufren en sus corazones.

Rafael Hurtado, PhD.
Departamento de Humanidades
Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

De todas las relaciones que hacen posible la vida humana, las más atacada por los enemigos de la sociedad es sin lugar a dudas la institución familiar, pues es el pilar cultural que sostiene a todas las demás.

Consecuentemente, su defensa en cuanto institución sagrada debe ser considerada la última gran batalla de nuestra era. Sólo así la humanidad contemporánea podrá aspirar a tener un poco de paz y felicidad en la tierra.

Ante esta enunciación, es posible que el hogar familiar está por ser redescubierto en su status de taller de modelación humana y spiritual de donde proviene todo desarrollo social y cívico.

Por siglos, el hogar ha sido el espacio vital donde varón y mujer han aprendido el significado de sus respectivos modos de ser; es el fuego alimentado por el trabajo, la contemplación y el descaso al que nuestros seres queridos se acercan para calentarse.

Es el lugar en donde se acepta y construye la intimidad, lo más radicalmente propio, que hace posible la enseñanza genuina y el aprendizaje libre y desinteresado, donde los padres de familia pueden aprender a construir su amor, a entusiasmarse por hacer feliz al cónyuge, a transmitir con su trabajo y entrega el drama de su propia existencia.

Posteriormente, los hijos podrán hacer suyo este espíritu a fin retarlo, hacerlo crecer y optar libremente por imitarlo. No me parece que haya otro modo de transmitir la cultura, el cultivo de lo humano, la humanización de los hijos de Dios, pues es aquí donde el ser humano aprende a recibir y por consiguiente a dar y a darse.

Veremos en las siguientes 5 reflexiones un posible camino nos llevará a comprender por qué el futuro de la humanidad pasará por una comprensión más profunda de la vida familiar y doméstica, con vistas a alcanzar lograr todas las aspiraciones que nos plantea el nuevo mundo al que nos hemos irremediablemente enfrentar.

Rafael Hurtado, PhD.
Departamento de Humanidades
Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

¡A cuántos varones he escuchado decir que desean conocer el amor verdadero de una mujer!

Yo los animaría a que no dejen de soñar con ese amor único…

Las mujeres que saben AMAR, saben pensar…

Y saber pensar, implica saber amar de VERDAD.

Por esta razón, las mujeres que SABEN AMAR DE VERDAD

escasean en nuestra época.

Les explico por qué:

  1. Ellas saben tomar decisiones pensando en el bien propio, el tuyo y el de tus hijos, en perfecta ARMONÍA.

  1. Pudiendo desear cualquier cosa en la vida, ellas desean principalmente estar contigo, al calor del HOGAR.

  1. Para ellas, el centro de su vida es el amor que juntos han construido: el NOSOTROS de la vida MATRIMONIAL y FAMILIAR.

  1. No tienen tiempo sumarse a PROYECTOS DE MEDIA PELA, supuestamente gregarios, en favor de la “humanidad”, sino que se desviven por primeramente retornar el amor que TÚ le has profesado, materializado de manera sublime en la vida de los HIJOS.

  1. Ellas entienden que los varones NO SOMOS PERFECTOS, pero saben admirar a su ESPOSO, quien se ha “dejado la piel” por sacar adelante el proyecto familiar que juntos están construyendo… pues sin él, la sociedad misma a la que todos aspiramos a participar y construir –varones y mujeres por igual– no sería posible.

  1. Ellas saben dialogar con gente que opina distinto, pues entienden el concepto de VERDAD… conscientes de que la verdad ofende hoy en día, pero aun así son lo suficientemente valientes para defender su punto de vista.

  1. Pudiendo tener TODO lo que el mundo moderno les ofrece, deciden aventurarse a un proyecto más grande: AMARTE a ti y a los hijos que Dios les dé, sabiendo que tú, varón, también tuviste un pasado independiente, pero que decidiste dejarlo todo y “volcarte” por ella.

  1. Ella siempre piensa en ti, su ESPOSO y PADRE de sus hijos, en cada decisión que toma… aunque la sociedad le diga constantemente que, en cuanto varón, no vales la pena, no eres necesario… como si fueras su principal ENEMIGO.

  1. Siempre buscará compartir todo contigo, principalmente la vida de los hijos, sabiendo que hoy en día se piensa que la MATERNIDAD de la mujer es completamente secundaria a sus aspiraciones individuales, cuando en realidad es un PRIVILEGIO.

  1. Ella siempre busca CAMINAR a tu lado… tomada de tu brazo… permitiendo que tú te atrevas a pensar que puedes ser mejor persona, frente a DIOS y frente al MUNDO.

  1. Ella sabe que tanto varones como mujeres somos capaces de VIOLENCIA y que el mundo actual ha permitido que el VIENTRE materno sea testigo del holocausto más grande de la historia: el ABORTO… cosa que sólo DIOS perdonará en su infinita misericordia… tanto a varones como a mujeres.

  1. Ella comprende que todo sentimiento humano debe ser gobernado por la razón y el corazón, pues nada justifica cualquier tipo de VIOLENCIA, ni física y psicológica, tanto de varones para mujeres como de mujeres para varones.

  1. No necesitan liberarse ni sumarse a CADENAS, materiales o inmateriales, porque saben que el amor en sí mismo es libre, pero RESPONSABLE… pues el amor te ATA a lo amado.

  1. Sienten que sus cuerpos son TEMPLOS del ESPÍRITU SANTO, pues toda mujer EMBARAZADA ha sido tocada por Dios al momento de ser MADRE… indudablemente el acto más CREATIVO en el mundo de los seres humanos.

  1. Para ella, su posible maternidad exalta su CUERPO DE MUJER hacia lo infinito.

*          *          *

Así que te recuerdo VARÓN: para aspirar a amar a una MUJER QUE SABE AMAR DE VERDAD, tendrás que APRENDER A AMAR DE VERDAD, en cuanto VARÓN.

Yo aprendí de mi MUJER… y sigo aprendiendo. [1]

 

Rafael Hurtado, PhD.

#mujerquesabeamar #libertad #womensupportingwomen #womenpower #ChallengeAccepted #TodasLasMujeres #TodosLosVarones #TodasLasFamilias

[1] La primera versión de este escrito fue publicada en febrero de 2021 en el portal de Family and Media con el título “Carta a las Mujeres que Saben Amar de Verdad”; https://www.familyandmedia.eu/es/novedad/carta-a-las-mujeres-que-saben-amar-de-verdad/

Amada esposa mía:

¡Quiero que sepas lo mucho que me gusta tu cuerpo!

Para mí, tu cuerpo es mi fascinación.

Soy el único hombre de la faz de la tierra que tiene el privilegio de tocarte, abrazarte y acariciarte.

 *    *    *

Por favor, escucha lo que tengo que decirte…

Saber con exactitud el “número” que marca la báscula cada vez que te pesas no me dice quién eres.

Para mí, lo que realmente importa es lo que ven mis ojos: el cuerpo de una hermosa mujer que se ha entregado a mi amor.

Lo que otros hombres u otras mujeres piensen sobre tu figura, tu modo de vestir o expresarte es importante sin duda, pero no esencial para sentirte bella, inteligente o útil.

*    *    *

Cierto, la imagen de mujer ha cambiado…

Es evidente que el mundo actual no soporta la belleza de un cuerpo de madre, normalmente curvilíneo, voluptuoso y femenino.

La verdad es que no entiendo por qué la humanidad se ha dejado engañar de esta manera, pues cualquier hombre sabe detectar un cuerpo femenino y sentirse inmediatamente atraído, arrebatado… incluso extasiado.

En términos simples: recibir la “invitación” a conocer la vida interior de una mujer que cuida su belleza detrás de una hermosa cabellera larga o una inspiradora falda,
es lo máximo.

*    *    *

Piénsalo bien…

Las modelos y las artistas con cuerpos “esqueléticos” que desfilan en las pasarelas, o protagonizan la “pantalla grande”, portan los diseños ingeniados por personas que quieren mantener a la mujer de nuestra época en una perpetua adolescencia.

Desde el fondo de mi corazón te confirmo lo que ya sabes: ¡se equivocan!

Para mí, son un auténtico absurdo cultural.

Recuerda… no hay nada más irresistible para un hombre que la belleza de una mujer femenina, que irradia abundancia y fertilidad… que irradia maternidad… y esto no tiene nada que ver con centímetros o kilos.

Por ello, el maquillaje, los perfumes y las texturas de las telas que confeccionan tus vestidos tienen sentido cuando acentúan tu modo de ser mujer, tu feminidad, tu maternidad… no cuando la esconden o la exponen de más.

*    *    *

Dios pensó a la mujer para que atraer al hombre…
y al hombre para que se entregue al amor de su mujer para siempre.

Y la diferencia esencial entre el cuerpo de un hombre y una mujer es la siguiente:
pechos y vientre… “alimento” y “cuna” para tener hijos.

Personalmente, me importa muy poco el estilo que marca la moda actual, cada vez más alejada de la vida de mujeres que aspiran a ser madres reales, más que parecer “maniquíes de aparador”.

Ante esto te reitero lo obvio: sólo un hombre que ama de verdad a su mujer puede decirle con toda sinceridad lo hermosa que es.

*    *    *

¡Claro que tener hijos desgasta el cuerpo!

Pero las arrugas, las estrías, o las canas que deja la maternidad jamás degradarán tu belleza.

Para mí, cada una de ellas son la muestra más clara de que has vivido para amar y ser amada… eso que todo ser humano desea en lo más profundo de su ser.

Todo cambia con el tiempo, y tu cuerpo de madre es para mí un símbolo, el campo de tus más grandes batallas, dentro de las cuales una sobresale por encima de las demás:

el nacimiento de nuestros hijos.

*    *    *

Te pido que no olvides algo…

Tu vida de esposa y madre te ha de permitir comer cuando tengas hambre; dormir cuando tengas sueño; arreglarte cuando tengas tiempo… eso sí, trabajar de modo incansable, dentro o fuera de nuestro hogar ¡Y adivina qué! Verte luchar de esa manera me enamora más de ti.

La vida reclama el equilibrio, la medida de lo bueno, no el logro abstracto que encuentra su sentido en el “deber por el deber”.

Una mujer que se encuentra en su “centro”, sabiendo “estar” donde puede y quiere, irradia una fuerza que desarma a cualquier hombre. Como me pasó a mí cuando me enamoré de ti.

*    *    *

Para mí, tu cuerpo es mi HOGAR…

El lugar a donde siempre he de VOLVER…

Es la prueba contundente del amor de DIOS…

Por eso me comprometí a bendecirlo, a hacerlo crecer, a amarlo…

Por eso decidí quedarme en ti para siempre…

Atentamente:

Tu Esposo[1]

 

Rafael Hurtado, PhD.

#cuerpodemujer #libertad #womensupportingwomen #womenpower #ChallengeAccepted #TodasLasMujeres #TodosLosVarones #TodasLasFamilias

 

 

[1] La primera versión de este escrito fue publicada en 2014 en el portal de Family and Media con el título “Carta de un Esposo a su Esposa”; https://www.familyandmedia.eu/es/internet-y-social-network/carta-de-un-esposo-a-su-esposa-2

Les decía que cuando escucho ideas relativas al “oscurantismo” que se viven en el hogar familiar, a su trágica naturaleza, o incluso su comparación con los campos de concentración del 3er Reich, desconecto de aquella disertación. Simplemente no logro entender de qué me están hablando. Muy por el contrario, mi experiencia como hijo, esposo y ahora padre de familia, me han llevado a hacer mía aquella frase tan feliz del autor inglés G K. Chesterton: el hogar es misteriosos… es más grande por dentro que por fuera. En efecto, la interioridad es mucho más amplia que la exterioridad, al menos en el mundo de los seres humanos, y por ello hemos de aceptar que lo que se cuaja en el hogar familiar es algo más que la vida interior individual de sus integrantes. En verdad, lo que se allí sucede apunta principalmente a la consolidación de la interioridad de una familia que comparte algo más que la sangre o la etnia, el espacio o el tiempo: compartimos nuestra identidad. En ese sentido, y siguiendo nuevamente a mi maestro Rafael, la identidad familiar (doméstica) se construye a partir de tres funciones básicas: economía, educación, intimidad.

1) Economía: es el aspecto material de la vida doméstica, su actualización en el tiempo y el espacio. La ley del hogar, dicho en términos contemporáneos, apunta a que la familia nunca te abandona; que padres e hijos han de hacer toda clase de “balances”, materiales e inmateriales, para que cada miembro de la familia reciba lo suficiente cara a su desarrollo y su bienestar. Cada miembro que es “invitado” a la vida de una familia reclama un “espacio” de recursos materiales, emocionales y espirituales. Ahora que nos encontramos en tiempos de pandemia, cuando los recursos materiales externos comienzan a escasear, hemos de repensar nuestro espíritu económico doméstico. Hay hijos que necesitarán más y otros menos: desde los abrazos hasta la escucha; desde el cobijo hasta el alimento. Para ello, hemos de desarrollar nuevos modos de diálogo. Yo lo he visto con mis alumnos cuando me dicen: “ahora que estamos en casa, me he dado cuenta que mis padres son buenas gentes”. Es el momento para darnos cuenta que tenemos padres y que tenemos hijos y que podemos dialogar con ellos. Esto implica, como es lógico, que el diálogo entre padres e hijos también educa.

2) Educación: es el espíritu que se transmite ad intra en el ámbito doméstico. Por primera vez los padres y los hijos nos daremos cuenta que podemos dialogar con fines constructivos. Que podemos hacer un sinfín de actividades “frente” a los nuestros. Educar es transmitir un espíritu, por eso en educación no es fácil llegar a unos objetivos preestablecidos. Por ello, todo tiende a salir “mal” en educación, pues no es fácil decir con palabras lo que sentimos, pues eso es eterno. Sin embargo, lo tenemos que seguir intentando. ¿Cuál es el principal espíritu que todo educador ha de imprimir en el alma de sus educandos? Uno muy simple pero radical: es bueno que estés aquí. En ese diálogo doméstico, lo primero que hemos de repensar es que la presencia de nuestros hijos en el hogar es algo bueno. ¡Es una maravilla tenerlos a nuestro lado! Desde este ángulo, se podrá vencer cualquier vicio o propiciar cualquier mejora, pero sobre todo transmitir la alegría de vivir. Pero una cosa es decir esto en términos generales, y otra muy distinta es que nuestros padres nos digan: es bueno que estés aquí. En este último año, yo me he levantado todas las mañanas sintiendo que es Navidad, pero en lugar de buscar los regalos en el Belén o el Pinito Navideño, me encuentro con que mis hijos y a mi esposa están en casa, y no me los pueden “quitar”. Gracias a la tecnología, yo estoy viendo a mis hijos en acción y ellos me están viendo a mí. Están entendiendo por qué sus padres trabajan hombro con hombro por el bien de la familia, y por ende de la humanidad enterar (aunque muchos no lo entiendas así). Ahora ellos sabrán con más claridad quién es su padre y quién es su madre. Quizás, como resultante, nos tendrán más cariño, más aprecio… más confianza, lo propio de toda intimidad.

3) Intimidad: es desde donde se construye la confianza. Por eso la intimidad sexual es tan relevante de la vida doméstica. Me refiero a ese momento en el que hombre y mujer se entregan totalmente, incluyendo su fertilidad, desde donde es posible la procreación de la vida humana. Si la educación presupone la máxima “es bueno que estés aquí”, la intimidad promueve la idea: “es bueno que vuelvas”. Es bueno que estés aquí, pero es mejor que libremente quieras volver. Existimos frente a los demás. Salir de uno mismo y quedarse “dentro” de los demás en un espacio de confianza implica llevar la intimidad a su máximo nivel. Esta es una asignatura pendiente en el mundo desarrollado, en el que los hijos vuelven a casa de sus padres con muy poca frecuencia, y si vuelven por algún motivo festivo, no están del todo presentes. Hay que ir a lugares, y hacer el bien a todos, pero hasta que no estamos “dentro” de “donde” somos aceptados absolutamente, con los nuestros, no estamos completos, no estamos a salvo, no estamos del todo bien. ¿Qué se quiere decir con esto? Pues que el hogar tiene un fuerte enraizamiento femenino, análogo a la realidad de la maternidad. Todos tuvimos un primer hogar: nuestra madre. El hogar, en ese sentido, es una extensión del vientre materno. Por eso, la mujer hace hogar a donde quiera que va. Esta idea, buena y santa, ha sido captada por el mercado laboral y el mundo corporativo. El reto será, en ese sentido, lograr la igualdad y la conciliación tan promovida en nuestros días sabiendo que la madre puede hacer hogar donde quiera, pero recordando que ella misma tiene su propio hogar. Aquí los varones nos hemos de sumar a este nuevo proyecto de vida, rindiendo honores a aquella trilogía revolucionara, Libertad, Igualdad y Fraternidad, eso sí, ejerciendo un auténtico protagonismo en la vida doméstica, no simplemente ayudando. Pero recordemos, el hogar es la “casa encendida”, y el “fuego del hogar” es la madre, con la presencia del padre que ha de aprender a “alimentar” ese fuego.

¿Cómo saber que el espíritu doméstico ha logrado calar en la vida de nuestros hijos? Cuando ellos deciden libremente hacer su propio hogar. Por eso: el varón dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer y juntos se convertirán en una sola carne. Yo a esto le agrego: juntos formarán un solo hogar, en el que la vida humana, la de esos hijos y la de esos cónyuges en concreto, esté por encima de todo. ¿Qué pasa en el mundo actual? El hogar familiar no logra transmitir este espíritu. Quizás, por eso se tienen que ingeniar toda clase de arreglos sociales y culturales para hacer más llevadera tanto sufrimiento, tanto abandono, tanta soledad… a fin de ir rescatando lo poco que va quedando de esta raquítica vida familiar. Pero, ¿es todo lo que se puede hacer?

Las consecuencias de la pandemia son una realidad que por ahora no será fácil cambiar. Pero es evidente que por primera vez en la historia contemporánea hemos sido “forzados” a volver al hogar. ¡Aprovechémoslo! Es el momento de recuperar el tiempo perdido frente a nuestro cónyuge, frente a nuestros hijos, incluso frente a nuestros abuelos, hermanos o primos. Es el momento de revalorar nuestras funciones educativas frente a nuestros hijos; nos hemos de dar cuenta que juntos también podemos estar muy bien. Sólo así podremos recuperar la confianza que tanto necesita el mundo actual. En definitiva, hemos de redescubrir la razón de ser de nuestra propia familia, de nuestro propio hogar y de nuestra propia vida. Hubo una época que esta última idea había que recordársela constantemente al padre trabajador, ausente y absorto con su éxito profesional. Ahora, las luces y los afames de grandeza que trajo consigo el ingreso masivo de la mujer al mercado laboral han hecho que este recordatorio se haga extensivo a la madre trabajadora. Me parece que ahora son ellas las que también han de recordar que la madre es hogar… principalmente en su hogar.

 

Rafael Hurtado, PhD.

Departamento de Humanidades

Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

Pin It